Tuesday, January 16, 2007

Él


La ira irrumpe, la voz revienta y los hilos nerviosos hinchan el corazón... Camina con trabajo la sangre pero aún galopando velozmente como si le persiguiera la muerte.

Excusen a la sangre, que es la que calienta el odio, también la que entibiece... y aquella también que se enfría y nos hace arrastrarnos por el suelo, envenenar conciencias y matar, hurtar la vida.


El peso que rasgaba la piel de los hombros de aquel cristiano era inmenso, era como un moderno atlas, que no cargaba al mundo, sino a la segunda quimera más grande y voraz, la de tener el género masculino, era insoportable, insalubre y vulgar... le reducía al estrato más bajo que, inclusive en las granjas era motivo de burlas, de maltrato y de sumisión. No hacía más que inyectarse las pupilas de furia cuando en desaguisados momentos el dueño de su tiempo y el verdadero dueño de su cuerpo lo obligaba a cargar otro tipo de pesos, de responsabilidades, limitadas o ilimitadas que terminaban siempre en inconformidades y en deseos de muerte. Los roles que muerden, lamentablemente le crearon derechos inalienables a este pobre cristiano, y

este mártir de la sociedad y pilar resquebrajado de la familia, tenía su propio reino, un lugar en donde romper con todos esos sinsabores... toda esa tortura... y toda esa INJUSTICIA.

Un reino con vastas acumulaciones de polvo, de hollín y de miedo, era un paisaje hermoso, súbditos por todas partes viviendo en el delirio familiar y faliliar felices cada día representando una espera, una desespera por la llegada de el monarca.