Ayer

No recuerdo la fecha, las fechas precisas son para los que olvidan. Recuerdo el espacio, el ambiente, el lugar y su mirada clara y confiable.
Fue hace más de 20 años, pesa decirlo, pesa porque no es cualquier cantidad de tiempo; hubo una especie de antagonismo de principio, posteriormente fue un intercambio de ideas, de pensamientos y más que nada, como es común en la infancia, un trueque de costumbres, manías, juegos e imaginación.
No recuerdo ya muchas cosas, salvo las obvias y aquellas que han marcado lo que somos ahora, pero he de decirlo sin titubear que es mi mejor amigo, de hecho, es el mejor de los amigos que cualquiera pudiera tener...
Sin sonar melodramático, me hace falta. Dejó un vacío enorme al partir. Hoy más que nunca le agradezco todo lo que me ha enseñado, ya sereno he de decirlo, me ha hecho lo que soy ahora en cierta medida.
*
Sentado en una jardinera, pensaba en cómo es que las personas se van de tu vida, físicamente, esencialmente, huyen de tí paso a paso. La gente tiene miedo de encontrarse en los demás, piensan siempre en la inevitable partida, en lo doloroso que es el rompimiento y en la cura al remordimiento de saberse conocidos, enteramente. Como si en el acto, al conocer tus lados oscuros, te estuvieran robando el alma, espacio, tu vida y así, encuentran el motivo perfecto para escapar de la inevitable forma y el inesperado fondo.
Hoy te echo de menos, más que nunca quizás, estás lejos. Vas corriendo por la vida, emancipándote. En la pureza, la inocencia, buscando en ecuaciones exactas las verdades menos comprobables, menos tangibles aún que los números y las variables... hipotéticos abstractos, nuestras vidas están unidas, nuestros rostros no son los mismos, hoy los cubre el vello y las inclemencias de sabernos vivos... nuestras almas son viejas, son el aliento del ermitaño infame, son las manos del artrítico misántropo, son la cicuta y la horca, son eternamente amigas.
Te quiero viejo amigo.


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