II.
Todo se veía en tonos grises azulados, el color de las noches de ciudad, supliendo a la luna, muchas lunas artificiales.Había estado peleando con mis amigos, les estuve reprochando cosas del pasado sin ningún derecho, y se molestaron. Dejaron que me fuera solo y ebrio, enojado y lleno de rencor.
Cuando crucé el puente que lleva a mi casa, justo por las dos inútiles glorietas que estorban en el pequeño boulevard, la miré, frente a frente y de manera irremediable.
No supe qué hacer, aunque esta aseveración sea algo ambigua, porque no se puede estar preparado para algo inesperado, y mucho menos, para algo no deseado. Las manos empezaron a expeler humedad, y mi vista circundaba todo menos su rostro, no sabía en dónde posar mi vista sin que fuera obvio mi temor y mi vergüenza. Tomó mi mano y dijo una serie de improperios, banalidades y frases quemadas, sobre mi estado actual, mi vida actual, mi trabajo actual, todo sobre mi actualidad, parecía que no quería llegar al punto irremediable en el que se dio nuestro rompimiento.
Todo está bien, pensé para mí, como buscando una frase que acallara cualquier sonido posterior que pudiera emitir. No la encontré (la frase) y de pronto me miré sumergido en una discusión tierna pero enérgica sobre aquél suceso. No dije nada, no encontré palabras para explicar mis procederes, nada que pudiera dar una semántica lógica de todos aquéllos actos que tanto turbaron la paz de nosotros y de los que nos rodeaban.
Intenté detenerla, poner un alto por primera vez en todos estos años, exhalar todos los alientos contenidos y todas las excusas habidas... fue imposible, mi voz se veía opacada por el ruido de los carros que transitaban bajo el puente, mismos que formaban una especie de sinfonía oscura y macabra junto con el llanto del viento de las madrugadas de otoño. El frío se hacía cada vez más intenso y mis oídos dejaban poco a poco de captar cualquier sonido.
Miré mis manos y capté como se mimetizaban con el ambiente, también mi cuerpo, también ella; el sonido de los carros cada vez cedía más al chillido de los vientos, mi vista se encontraba ya cubierta por una fina tela de algodón... la ceguera de nuevo, el descanso otra vez, y con este, el silencio y mi regreso al mundo de los olvidados.


1 Comments:
uy, hasta me desesperè.
dònde andas? no te pierdas.
saluditos amigo lejanoso, cuándo vendrás por acá?
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