
Los días son terribles, cuando agazapados... La respiración entra en una fase de cuenta regresiva (no se exhala y se inhala... se toma lo último que se puede tomar a sabiendas que el detentarlo es más efímero que los malditos segundos), los ojos adquieren una opacidad similar a la de una pantalla a blanco y negro, no hay voz, no hay murmullos siquiera.
El clima turbio y adulterado te cansa, te agota y merodea tras tus pasos, frente a tu humanidad y rodeándote de muerte, una de esas muertes desdentadas, sin molares, sin colmillos sin encías siquiera... como si tuviera vida, y sangre y vísceras y carne y malas intenciones, llena de poder y de disfrute, haciendo alarde de una fuerza destructiva. En ese instante eterno, la soledad no respira, brama, ronca y gruñe, la amenaza revienta y los espíritus aterradores del pasado sangran nuestras sienes abajo....
En ésta última ocasión, entre el silbido atorrante del silencio, y entre los cortos silencios de los otros silbidos, los silbidos de metal y de fuego, logré escuchar sus pasos, implacables, ya no aterradores, pues se obtiene redención después de todo, se obtiene una especie de indulto al saber que nuestros atroces crímenes, deficiencias y malsanidades serán travesuras frente a lo que nos espera... y dentro de mis alucinaciones los fantasmas errantes de los muertos comenzaron a bailar una macabra danza y a extender sus descarnadas manos hacia mí....


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